lunes, 17 de junio de 2013

Carretera en California

 Conducía por la carretera en aquella oscura noche, esperando encontrar una señal que le guiase en su camino hacia ninguna parte. No sabía cuanto tiempo llevaba en el coche, ni cuanto camino le faltaba por recorrer. Solo sabía que la luna era su única compañía en aquella extraña e inacabable noche de verano. Miró el reloj del salpicadero de su reluciente y anticuado Camaro: Las 4 de la tarde. El atardecer acababa de pasar, ¿cuánto tiempo llevaría roto? Posiblemente bastante más de cuatro horas. Cuatro horas de carreteras infinitas.

 Su blanca y fría acompañante iluminaba tímida su rostro, dejando entrever su mirada cansada y desafiante. Esa que dedicaba al infinito espacio que quedaba por delante de ella ante la inmensa carretera. Se sentía valiente; más que nunca. No sabía por qué, pero era así. Frenó en seco en aquella solitaria vía dejando el motor encendido.

 Cogió su bolso, y de dentro un paquete de cigarros del que sacó uno. Se lo colocó en sus labios y lo encendió con una de las cerillas que cogió del último motel en el que estuvo. Le dio una larga calada, que terminó con el humo del tabaco saliendo por su boca y una marca de carmín en el filtro. Posó el cigarro de nuevo entre sus labios, volvió a acelerar con el coche y se adentró de nuevo en la carretera sin fin.

 Suspiró. Se sentía cansada. "¿Qué más da ir sola?" pensó para ella. Ni siquiera sabía hacia donde se dirigía. Lo importante en ese momento era la carretera. Volvió a dar otra calada al cigarro, pero esta era más corta, aunque no menos intensa.

 Entonces lo vio, una silueta se encontraba de pie en en centro de la carretera cortando el paso del coche. Parecía un niño que corría en la misma dirección que ella seguía. A medida que se acercaba, la imagen de aquel muchacho iba desapareciendo poco a poco; hasta que llegó un momento en el que se desvaneció por completo. No había rastro alguno de aquel muchacho. Miró a ambos lados de la carretera buscándolo con la mirada, pero nada. Centró un poco más la vista en un cartel situado a la derecha, una señalización hacia el Hotel California. Más a delante había un camino de tierra que guiaba a los coches por fuera de la carretera. Decidió seguirlo. 

 Al adentrarse en aquel camino, vio un edificio de color naranja oscuro de grandes ventanas. Le trasmitía tranquilidad, aunque no estaba segura de si era por el placer de encontrarse en un lugar como ese, o por el simple hecho de estar cansada. 

 Aparcó el coche en una llanura a unos metros del hotel. Un cartel de neón daba la bienvenida al "Hotl Calforna", cuyas letras -las que no se habían estropeado- parpadeaban. Miró por un momento a las ventanas del edificio, que, abiertas; dejaban entrar al viento, y hacía que se movieran a su antojo. Una luz se encendió en la entrada. Mientras se acercaba a la puerta, vio como una niña asomaba la cara por la cortina de uno de los ventanales de aquel edificio. Sintió mil ojos mirándola fijamente y al acercar su mano al timbre del hotel, la puerta se abrió y una resplandeciente luz salió de dentro. 

 Se dispuso a entrar al hotel como había deseado hacer desde que lo vio en la lejanía. Tras ese largo viaje en coche lo único que necesitaba era descansar y esperar a que un nuevo día llegara. Un nuevo día con un largo despertar.


Este pequeño relato ha sido inspirado por la
canción "Hotel California", de The Eagles.  




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