¿Por qué juzgamos, entonces, a las personas por lo que hacen? Cada vez que se ve a una persona tatuada, con el pelo rapado o teñido de forma extravagante, piercings, etc. ¿Por qué hay gente que se atreve a generalizar y tachar de mala persona, crueles seres o gente sin corazón que solo buscan pelea? ¿A caso les conocen? ¿Y si un hombre con el cuerpo lleno de tatuajes trabaja o colabora con alguna organización sin ánimo de lucro y dedica su vida, al completo, a ayudar a otras personas? ¿Le siguen convirtiendo esos tatuajes en una mala persona?
Pongamos otro ejemplo. Una chica camina por la calle, lleva unas botas negras, un vestido de estilo gótico, el pelo teñido con mechas de colores fríos y, en su cuello, colgantes de cruces, estrellas de cinco puntas, etc. Puede que la gente que camine por la calle la vea como alguien que no acepta la vida. Mejor dicho, alguien que desea la muerte. Una persona a la no se acercarían por nada del mundo, por miedo a que pudiera hacerles algo. ¿Y si esa chica va camino de su casa, donde se dispone a cuidar de su hermana pequeña, la cual adora a esta chica a la que tantos temen? ¿Y si es la persona más dulce que el mundo jamás a conocido? En ese caso, todos los que la juzgaron se perderían el privilegio de compartir un poco de su vida con ella.
Imaginemos este hecho: Hay una persona, una mujer con tatuajes por el cuerpo, muy bien cualificada, que espera noticias de una entrevista a la que fue unos días antes. Es posible que a ella no le den el trabajo, a pesar de tener experiencia laboral, un curriculum impecable, etc. Pero puede que el puesto por el que optaba, se lo den a la niña de papá, que entrevistaron justo después.
Aunque está claro que no siempre es así. Poco a poco, las personas nos vamos dando cuenta de que lo que realmente importa es la persona en sí, no lo que muestren sus apariencias, sino lo que nos dicen sus palabras, pensamientos, ideas...
Tenemos que aprender los unos de los otros. Todas las personas tienen algo que enseñarnos. Algunas más que otras.
Pongamos otro ejemplo. Una chica camina por la calle, lleva unas botas negras, un vestido de estilo gótico, el pelo teñido con mechas de colores fríos y, en su cuello, colgantes de cruces, estrellas de cinco puntas, etc. Puede que la gente que camine por la calle la vea como alguien que no acepta la vida. Mejor dicho, alguien que desea la muerte. Una persona a la no se acercarían por nada del mundo, por miedo a que pudiera hacerles algo. ¿Y si esa chica va camino de su casa, donde se dispone a cuidar de su hermana pequeña, la cual adora a esta chica a la que tantos temen? ¿Y si es la persona más dulce que el mundo jamás a conocido? En ese caso, todos los que la juzgaron se perderían el privilegio de compartir un poco de su vida con ella.
Imaginemos este hecho: Hay una persona, una mujer con tatuajes por el cuerpo, muy bien cualificada, que espera noticias de una entrevista a la que fue unos días antes. Es posible que a ella no le den el trabajo, a pesar de tener experiencia laboral, un curriculum impecable, etc. Pero puede que el puesto por el que optaba, se lo den a la niña de papá, que entrevistaron justo después.
Aunque está claro que no siempre es así. Poco a poco, las personas nos vamos dando cuenta de que lo que realmente importa es la persona en sí, no lo que muestren sus apariencias, sino lo que nos dicen sus palabras, pensamientos, ideas...
Tenemos que aprender los unos de los otros. Todas las personas tienen algo que enseñarnos. Algunas más que otras.
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